El bienestar como promesa en la gestión educativa

El bienestar como promesa en la gestión educativa

A veces pienso que la gestión educativa, tal como la conocimos en los años del Instituto de Estudios de Posgrado, era una especie de rito burocrático en nombre del bienestar. Todo se hacía por el bien común, por el bien institucional, por el bien de los estudiantes, incluso por el bien de la educación pública; la idea del welfare state (Estado del bienestar) se pronunciaba con solemnidad, aunque muchas veces lo que se vivía era más bien una especie de administración del malestar, una rutina de sobrevivencia entre deudas, formatos y burocracia infinita. Pero en medio de esa maquinaria, algo humano persistía el intento —quizá ingenuo— de hacer que las cosas funcionaran. 

Durante el periodo de 2016 a 2018, como primera etapa de esta reflexión, en el Instituto se hablaba de mejorar las condiciones, garantizar la calidad, fortalecer la estructura, todo ello sin demasiada teoría política de mi parte como coordinador. Con el tiempo comprendí que eran las palabras propias de una jerga del bienestar institucional, herederas de una tradición donde la educación pública todavía soñaba con ser un mecanismo de movilidad social, un espacio de dignificación. El Estado de bienestar, como mecanismo ideológico, se nos había infiltrado de una forma silenciosa la gestión se concebía como una tarea moral, una forma de cuidar lo propio, aunque la casa se estuviera cayendo a pedazos. Debo reconocer que esta idea de casa era porque pasaba más tiempo del necesario metido en esa lides. En los archivos administrativos, los proyectos de mejora tenían nombres técnicos, pero su fondo era otro, la esperanza de crear (como si fuera posible)  un suelo estable en la turbulencia de la gestión educativa.

Decir que la gestión educativa es una práctica humana parece una obviedad, pero en realidad es una declaración política. Porque reconocer lo humano implica aceptar el conflicto, la lentitud, la emoción, la incertidumbre. Implica recordar que quienes gestionan no son autómatas del bienestar, sino cuerpos cansados, a veces inspirados, a veces rotos, que intentan sostener la trama institucional con lo que tienen a la mano. Cuando escribí un artículo sobre los modelos de gestión educativa no pensaba en diagramas ni teorías, sino en personas; ente proponiendo estrategias financieras para pagarle al personal lo que otras administraciones habían dejado de hacer, gente discutiendo estrategias formativas; cada uno actuaba como podía, y esa suma de acciones formaba una especie de bienestar artesanal, hecho de pequeños gestos; compartir era un medio para encontrar alternativas que combatieran el cinismo de formar desde la simulación. Si en algo se parecía nuestra gestión al viejo welfare state era en esa fe obstinada en la posibilidad del cuidado colectivo, aun cuando las estructuras ya no sostenían del todo esa promesa. El bienestar, más que un derecho garantizado, era una práctica cotidiana de resistencia.

En los documentos de planeación institucional yo intentaba introducir un tono distinto; una especie de diálogo entre la filosofía y la lógica institucional. El bienestar, entonces, no era una estructura política, sino una tensión ética; actuar con justicia en medio de la precariedad. Gestionar, en ese sentido, era una forma de deliberar —de pensar juntos lo que se puede hacer cuando no se puede todo—. Y tal vez ahí residía el valor pedagógico de la gestión; en enseñarnos que el bienestar no es un estado logrado, sino un proceso frágil, dependiente de las relaciones humanas.

A lo largo de esos años, empezamos a hablar de bienestar docente, insisto, no desde una lógica de medición sino desde el posicionamiento de reconocimiento pleno del otro. En las reuniones de gestión, lo humano emergía en las pausas, en los silencios, en las bromas que disolvían la tensión. Esas interrupciones eran nuestra manera de humanizar la administración, de devolverle cuerpo a lo que el lenguaje técnico había despojado de afecto. A veces, pienso que la gestión del bienestar institucional fue un intento desesperado de organizar la esperanza, de mantener viva la idea de que la educación sigue siendo un bien público, aunque su economía interna esté marcada por la desigualdad y la fatiga.

De una manera general puedo afirmar que el Estado de bienestar se funda en la convicción que el Estado puede proteger a las personas de las amenazas del mercado. En la educación, eso significa garantizar condiciones mínimas de formación de sujetos con sentido y actitud críticas. Pero con el tiempo, el modelo se ha transformado. En lugar de proteger, las instituciones aprendieron a gestionar la escasez, a hacer más con menos, a sustituir la política por la eficiencia. Nuestra gestión educativa se movía entre esos dos mundos; la nostalgia del bienestar perdido y la urgencia de sostener una formación con sentido humano, reconociendo que la educación pública no es solo un servicio, sino un espacio simbólico donde se defiende la posibilidad de hacer algo para la trascedencia.

La pandemia, que llegó después de esos años, terminó de revelar lo que ya intuíamos; que el bienestar institucional era frágil. Bastó un virus para que se desdibujara la idea de estabilidad y para que emergieran nuevas formas de desigualdad. En el Instituto, como en tantas instituciones, la gestión se volvió digital, y con ello se perdió parte del calor humano que sostenía los vínculos. El bienestar se trasladó a las pantallas, y su rostro se volvió pixelado y en ocasiones solo audio porque la señal era débil. Sin embargo, ese quiebre también abrió un espacio para la reflexión. ¿Qué significa gestionar cuando lo humano se reduce a una conexión intermitente?

Quizás la respuesta esté en el reconocimiento del malestar como parte del bienestar. En aceptar que el bienestar institucional no se logra eliminando los conflictos, sino aprendiendo a habitarlos. La gestión no es el arte de evitar problemas, sino el oficio de conversar con ellos. A veces pienso que el bienestar es una ficción necesaria, un horizonte que orienta la acción aunque sepamos que nunca se alcanza del todo. En ese sentido, el gestor es un narrador; alguien que mantiene viva la historia de la institución, que teje sentido donde solo hay procedimientos. Esa ficción, lejos de ser un engaño, es una forma de resistencia. Porque creer en el bienestar es también una manera de seguir, de sostener la ética del cuidado en medio de la desilusión.

Hoy, al mirar hacia atrás, entiendo que la gestión educativa que vivimos fue una pedagogía en sí misma. Nos enseñó que las instituciones son organismos vivos, frágiles, contradictorios, que necesitan del afecto tanto como de la planeación.

Aprendí que el bienestar no se decreta, se genera en el encuentro, en la conversación, en el reconocimiento mutuo. Las instituciones tienen el rostro de quien las dirige y por eso vemos que la gestión educativa a veces da vuelcos, pero luego toma el ritmo. Tal vez ese sea el verdadero legado de nuestra gestión. Haber comprendido que administrar también puede ser un acto de apertura para que vengan otros y hagan su promesa y procuren cumplirla.

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