El consuelo de los chocolates.

Es difícil despedirse de una generación con la que compartí mucho más que la escuela. Procuré darles mi cariño más allá del aula, y creo que por eso me gané su respeto.

Los adioses duelen al principio. Con el tiempo, ambos nos iremos acostumbrando a la ausencia. Llegarán nuevas relaciones, distintas todas a esta que hemos construido.

Ahora que los veo despedirse —lanzando globos, escribiendo notas en sus playeras, tomándose fotos— confirmo que, en verdad, les gustaba estar aquí.

Recuerdo sus sonrisas, y también esos rostros angustiados por las tareas y las calificaciones. Afrontarlas juntos fue parte de este aprendizaje de vida.

Aunque este último año no pude acompañar su proceso como asesor, hice mi mayor esfuerzo por estar presente: preguntarles, animarles y, a veces, retarles, para que desafíen al futuro y lo conviertan en algo más próspero.

No importa si en este momento no continúan estudiando; prefiero que sean buenas personas, felices y respetuosas, antes que simplemente licenciados.

Me queda el consuelo de los chocolates, con los que seguiré endulzando mis días mientras espero volver a verlos.
Quizá pedirles que regresen en diez años, a contarme cómo han resuelto la vida, sea demasiado. Pero aquí estaré. 

Vuelvan cuando quieran.




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