Parece que soy la voz de quienes me leyeron y escucharon.

Tengo una memoria ajustada sobre mi infancia, sino es por el recuerdo de las narraciones de la Juana, quien con su tono alegre de madre se encargó de darle voz a las letras  de desamor que tuvo a la mano para dormir a su prole. Su mayor fortuna fue tener la fuerza para contar las historias, a veces no gratas, de mi familia oaxaqueña, avencidada en la región valle.

Soy el recuerdo de Don Luis, quien tuvo a bien mantenerse callado muchas veces y en esa actitud formó al preguntador que soy ahora. Ante el ardid de su silencio me mantuve paciente para que poco a poco se le fuera soltando la lengua y supiera yo de sus penas al abandonar su hogar a los 9; le conocí mejor, como ahora lo recuerdo, en las pláticas mientras le acopañaba al trabajo. Expresó sin palabras su juramento tácito de romper el círculo y volverse el caracol familiar, donde nunca nadie pasara las penas de su niñez

Me descubrí narrador cuando tuve la oportunidad de depositar mirada y voz en otros muchos rostros, otros tantos oídos; alguno que otro corazón. Bastante de lo que me devolvieron se me encarnó en la memoria, a veces solo requiero cerrar los ojos para rememorar ese pasaje de vida donde nos escuchamos y reímos juntos.


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