El consuelo de los chocolates.
Es difícil despedirse de una generación con la que compartí mucho más que la escuela. Procuré darles mi cariño más allá del aula, y creo que por eso me gané su respeto. Los adioses duelen al principio. Con el tiempo, ambos nos iremos acostumbrando a la ausencia. Llegarán nuevas relaciones, distintas todas a esta que hemos construido. Ahora que los veo despedirse —lanzando globos, escribiendo notas en sus playeras, tomándose fotos— confirmo que, en verdad, les gustaba estar aquí. Recuerdo sus sonrisas, y también esos rostros angustiados por las tareas y las calificaciones. Afrontarlas juntos fue parte de este aprendizaje de vida. Aunque este último año no pude acompañar su proceso como asesor, hice mi mayor esfuerzo por estar presente: preguntarles, animarles y, a veces, retarles, para que desafíen al futuro y lo conviertan en algo más próspero. No importa si en este momento no continúan estudiando; prefiero que sean buenas personas, felices y respetuosas, antes que simplemente licencia...